Wednesday, September 19, 2012

El día perfecto

Tumbado en el pasillo, esperando una bebida que me lleve a otro lugar, viendo tus piernas pasar, desnudas, a la altura convenida, estoy pensando en si la vida es así o me la estoy inventando.

Es un discurso arriesgado el de volver a ir cuando volvamos a vernos. Es una jugada difícil la de decirte todo lo que he pensado y que quiero pedirte. Es una historia que no sé si podré repetir.
El quid radica en que, al final, he cogido un vuelo que me ha llevado directo hasta tu casa y ahora hago balance sentado en un sofá ajado, el cual he movido con la ayuda de mis amigos. En este momento apunta hacia el este, y parece que disfruta.

Berlín te da tanto como te quita, no es la primera vez que lo digo y si bien esta vez me ha ofrecido algo que no me apetece contar, también se ha llevado otras cosas que, por fin, me hacen muy feliz, o más feliz si cabe. He pensado en frases para escribir en las paredes y me he dado cuenta de que ya no queda espacio y que los grafitos son una costra de casi un centímetro, y que han cicatrizado las heridas con eficacia alemana, frialdad rusa y para nuestra alegría. O, al menos, para la mía.

Ponerse, otra vez, delante de los miedos, te lanza a un laberinto negro y púrpura, angosto, donde se sale a fuerza de trepar con brazos y piernas, donde te encuentras princesas con el vestido levantado que han perdido sus zapatitos de charol pero siguen avanzando con una sonrisa y donde agacharse quizá sea el modo de no romperse la crisma pero no está permitido parar y descansar, ya que si entras es que te has puesto zapatillas de correr, una cinta en el pelo y te has pintado la cara de guerra. Si estás allí, rodeado de espesura oscura y de niebla y humo es porque has decidido soltar lastre, hacer maletas de menos de diez quilos y dejar atrás a todo el que no quiera seguirte. No se puede esperar tanto, no hay tiempo para el mañana, ya te llegará el momento si no lo entiendes ahora.

Hay quien vive en la orilla esperando la ola perfecta, el instante justo para elevarse sobre el resto y descubrir que el salto no era tan difícil y que todo se podía. Hay quien, simplemente, se pone a nadar y el viento lo sorprende mojado, empapado de verdades y realidades, con un sello en cada trozo de piel blanca de su cuerpo, con estampas que son mil historias, con motivos que pasaría a narrarte. Este es mi sueño, querida, y no me importa que no me entiendas. Seguiré con el corazón húmedo hasta que aparezca un sol excelente que consiga secarlo. Seguiré buceando, braceando contra la corriente, boqueando en los momentos malos y disfrutando la sal pegada a mi cuerpo cuando me tumbe en la arena y el poniente me acaricie. No hay miedo ni laberintos en los que no encontremos la salida, no hay noches de más de cuatro horas ni días que no merezcan la pena. Así están las cosas, así estoy sobre la balsa que se tambalea.

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