Quería escribirte para decirte todo eso que se me quedó atascado en los pulmones la última vez que nos vimos. Hecho un nudo, atado al corazón y actuando este como lastre para no dejar que saliera a la luz y lo publicara sobre tu tristeza. No tenía intención de llamarte, porque la palabra escrita es reflexionada y, desde mí mismo, quería hacer un ejercicio de comprensión, cariño y delicadeza. Buscar bien dentro y entenderse, para poder salir fuera y aventurarse.
Quería decirte lo mucho que siento esas últimas lágrimas tuyas. Lo mucho que me duele no recordarme enjugándolas con una sonrisa y pidiéndote que dejaras de hacerlo: de llorar, no de marcharte. Pero eso es solo el principio y una parte ínfima de lo que tengo que contarte.
Quería… quiero agradecerte la confianza depositada en mí, una y mil veces. Cada vez que yo perdía el ritmo tú me cogías de la cintura y marcabas de nuevo el paso; y me decías que todo era posible, que estabas para lo que necesitara. Quiero agradecerte esa forma de entender la vida, en la que la felicidad es siempre posible y los esfuerzos son mínimos porque no es necesario luchar contra nadie, porque todo es más fácil de lo que parece y un abrazo cálido en cualquier momento es la mejor medicina, la mejor filosofía y el mejor adoctrinamiento.
Quiero pensar que, al final, he aprendido a ver desde la inocencia. No solo a las personas, sino también al mundo. Y dar mil oportunidades a quién las merece, y también a quién no. No puedo más que sonreír cada vez que te recuerdo perdida con esa mirada que decía que no entendías cómo podía existir la tristeza cuando había viento fresco, nieves blancas y florecían ya las flores.
Quiero decirte que aprendí más contigo que con nadie. Que las charlas paseando por La Latina, los conciertos en la plaza del Palacio Real, las tartas en la Plaza de la Paja o las tapas por Chueca fueron marcando a fuego mi piel y, ahora que te has ido y me ocupo en mirar mi cuerpo desnudo –a falta del tuyo- encuentro tatuajes de sabiduría y cicatrices de heridas pasadas –muy pasadas- que se fueron curando lentamente, sin que yo me diera cuenta.
Quiero decirte que, ahora, espero que tengas una buena vida y que algún día podamos compartirla juntos. De una u otra forma, no me importa. Quiero contarte, que yo me vuelvo un estúpido sin tu consentimiento y me abrazo a las lunas más llenas, atrayéndolas con cuentos que no sabía que conocía y con historias que he cultivado en mi vientre. Que no sé hasta qué punto está bien, pero que estoy aprendiendo, de otro modo, una nueva vida.
No comments:
Post a Comment